Encantadoramente pegajoso, con todo sin refinar.

Encantadoramente pegajoso, con todo sin refinar.

Colorea mi mundo con el caos de los problemas

Lluvia en las pestañas.

Llueve. Llueve y se moja. Se moja entera. Llueve. ¿Llueve? No. Llora. Llora con angustia, casi no puede respirar. Su corazón parece que se encoge con cada suspiro. Suspiros que terminan en respiración forzosa y que vuelven a empezar. ¿Por qué llueve? Perdón. ¿Por qué llora? Ambas cosas necesarias. Una lágrima cae en su jersey de lana blanca. ¿Una lágrima? No. Una gota. Ahora llueve.

Una vieja cinta de casette.

Canciones, recuerdos de un amor tirados en la cuneta. Viajes, escapadas de fin de semana "en casa de una amiga". Pueblos lejanos, playas apartadas para vivir ese amor prohibido. Carreteras secundarias, trayectos con esa vieja cinta de casette tantas veces cantada, ahora olvidada, tirada en aquella carretera, cuando ella, dolida, pensó que así le olvidaría.

Solos tú y yo.

Solos tú y yo. Paseando por la playa, hundiendo los pies entre mar y arena, o perdiéndonos entre calles que no llevan a ninguna parte. Hablando de todo y de nada. De la mano o abrazados. Corriendo o jugando. Comiéndonos, besándonos, mirándonos. Atardeciendo o amaneciendo. Pasando frío o calor. Lloviendo o deslumbrados por el sol.

Pero siempre solos, solos tú y yo.

Quiero.

Quiero. Quiero tantas cosas...

Quiero verte, quiero besarte, quiero olerte. Quiero abrazarte, quiero acariciarte. Quiero sentirte, quiero mirarte. Quiero que vuelvas para quedarte. Quiero amanecer contigo. Quiero sentirme tuya. Quiero que me des la mano, quiero que me beses el cuello, quiero que envuelvas mi cintura con tu brazo y me atraigas hacia ti para mirarme de cerca. Quiero enredar mis dedos en tus rizos,  quiero morderte las mejillas. Quiero verte arrugar la nariz, quiero oír tus carcajadas. Quiero bañarme contigo, soñar contigo, vivir contigo. Quiero decirte que te quiero y que tú me respondas con un "no más que yo a ti". Quiero que me llames "amor". Quiero comerte entero, quiero sentir tus manos recorriéndome el cuerpo. Quiero morderte el cuello. Quiero casarme contigo, tener hijos contigo. Quiero chocar nuestras frentes y que se rocen nuestras narices antes de que me beses como si fuera la última vez.

Quiero amarte y que me ames como si fuera la última vez.

 

Oficina de Correos.

Un lugar al que miles de personas acuden cada día para enviar algo, ya sea un paquete, dinero o cartas, a personas que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

Aunque hay algo que no todo el mundo se atreve a hacer en una oficina de correos, y es enviar una carta de amor. Porque un paquete o dinero es algo que no se puede enviar de otra manera que esa, pero en una carta de amor dices ciertas cosas. Podrías llamar a esa persona por teléfono y hablarle de tus sentimientos, de todo eso... Pero no, tú le escribes una carta, una carta de amor.

En el periodo en que escribes la carta pasa algo que perjudica a nuestra salud pero que nos da igual, y es que pasas muchas noches sin dormir.

Al principio, cuando aún ni si quiera la has escrito, pasas las noches en vela pensando en si de verdad deberías escribirla, en qué le vas a decir...

Cuando la tienes escrita, la duda de si enviársela es la opción correcta (sobre todo cuando es una declaración) te quita el sueño.

Y cuando por fin te has decidido a enviársela, te mueres de los nervios por saber si la ha recibido, si se ha perdido en el camino, si la ha leído ya, qué piensa...

Cosas del amor.

Pero la gran duda que tiene la humanidad es: ¿por qué preferimos escribir una carta a hacer una llama telefónica? Pues creo que es la pregunta más tonta que la humanidad se ha hecho jamás. La respuesta es clara: porque nos gusta sufrir. Sí, porque, admitámoslo, un romance sin sufrimiento previo, aunque sea mínimo,  no es un romance de verdad, todos sabemos eso. Y, ¿por qué más? Porque nos gusta recibir la respuesta en nuestro buzón, nos gusta que nos digan que sienten lo mismo y poder estar tranquilos, o que nos rechacen y no tener que colgar el teléfono incómodamente. Pero la razón más clara, más bonita, más romántica, es que amas tanto a la persona a la que escribes, que harías lo que fuera para verla feliz, por eso, le escribes una carta, porque te imaginas la cara de felicidad que se le posará en la cara al descubrir esa carta, esa carta de amor, entre montones de facturas. Te imaginas su cara y quieres guardar esa imagen en tu cabeza y  no olvidarla jamás. Sí, nos encanta sufrir.

Y pensaréis, ¿alguna vez esta persona habrá escrito una carta de amor? Pues... sí... Y ha sido lo mejor que he podido hacer en la vida. Porque aunque la respuesta no sea correcta, ni clara (porque mi carta fue un poco desconcertante), es  maravillosa la espera.

Así que sí, os recomiendo que escribáis una carta de amor a vuestro amado, porque, aunque os pueda rechazar, aunque vuestra declaración no sea del todo clara, no sepas lo que sientes y sepas que la distancia podría estropear vuestra relación, lo repito, la espera es maravillosa.

Sé que esta entrada no tiene mucho sentido, pero, creo que definitivamente, me he enamorado, y no quiero reconocerlo o bien por no sufrir como lo hice anteriormente o bien porque la distancia es una mierda.

O porque tengo miedo a que se dé cuenta de que él no me quiere.

Pero estoy segura de que el día que se presente aquí, de que vuelva, de que vuelva a verme (porque aunque él no lo admita, todos sabemos que me viene a ver a mí), sabré la respuesta, sabré que le quiero de verdad, y me dejaré guiar por mis impulsos... y todos sabemos qué sucederá...

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C'est moi!

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